HISTORIA
¿Cuál es el origen de Osera, o la razón de su nombre? ¿Existe relación alguna con el significado real del vocablo, entendido como cueva de osos? Habría que profundizar en la prehistoria, seguramente.
Lo único cierto es que el lugar ya existía en 1138, porque es a partir de esa fecha cuando aparece referencia documental.Guitart Aparicio afirma: "Perteneció a Fortún de Vergua (1287), y desde 1348 a 1382, a los Comel, señores de Alfajarín.
En el siglo XV. Osera fue el soporte de una baronía de Quinto, que era de los Funes-Villapando. con Melilla, Matamala y Estopiñán. Sus sucesores serán marqueses de Osera (1626). Los restos del castillo-residencia ocupan el fondo de la plaza Mayor y se reducen a los cimientos de un edificio rectangular y una torre de mampostería, también rectangular. últimamente rehecha. Por la parte posterior, el Ebro discurre al fondo de un acantilado.
Queda claro, por tanto, que la historia del lugar viene derivada de los sucesivos señoríos ejercientes.
El caserío de Aguilar de Ebro, aguas abajo, a poco más de un kilómetro de Osera, formó parte tradicionalmente dcl mismo municipio. En realidad, la vega culmina allí. Después, la carretera y la autopista se adentrarán en el páramo monegrino, entre brillos cegadores del sol que alumbra pesadillas del agua que no llega.

   
LA VILLA
El Ebro se engalana con las frondosas arboledas ribereñas y remansa sus aguas -claro y límpido espejo- al llegar a la altura de Osera, el caserío sobre el cauce, dándole un airoso quiebro. Al hilo del río discurre la acequia encargada de llevar el agua a los campos de labor. La huerta se viste así con el verde prometedor de los cultivos, y medran las hortalizas al amparo de los frutales.

Desde la carretera general de Madrid-Barcelona. a sólo 30 kilómetros de Zaragoza capital, se ofrece al viajero la excepcional panorámica del río y pueblo, con la esbelta silueta de la torre mudéjar oteando el paisaje. Todavía se extiende la llanura al pie de la carretera, sobre la margen izquierda del Ebro; pero la franja de asfalto servirá, en cierto modo, de línea divisoria entre la ribera y el monte, la huerta y el secano.

Es el portal de los Monegros -nombre que luce con plena justificación un excepcional parador y hostal, amén de la correspondiente estación de servicio-, y en adelante ganará la partida el secano, tierra calcinada por el sol, fundido el ocre gris y blanco, con aroma de tomillos y ontinas.

El casco urbano se tiende, pues, entre la ribera y el monte. Se abre paso desde la carretera misma, a través de la calle de Santa Engracia, escoltada por árboles que un día habrán de dar generosa sombra a la calzada. También San Martín tiene su calle, además de su ermita alejada del pueblo, en el mismo monte que nace allí mismo, al alcance de la mano. Santa Engracia y San Martín son dos devociones felizmente compartidas por los vecinos. La calle de en medio cumple felizmente con su cometido y avisa de la justa mitad del itinerario urbano. Luego están las del Arrabal, de las Afueras, de las Escuelas... Y la de Zaragoza, apuntando recta en dirección a la capital.

La calle de Santa Engracia, que abre el pueblo de par en par, baja inclinada hasta la plaza mayor, la de España, amplia y rectangular. Allí confluye la historia del lugar, ayer y hoy.

Al f rente se levantan los restos del castillo-palacio de los marqueses de Osera, aunque tuvo otros tenentes con anterioridad. Las piedras adquieren ahora un
valor monumental, armonizando con el parque contiguo al que se accede a través del gran portalón dovelado y por los laterales.

A la izquierda se yergue el magnifico edificio de la iglesia parroquial de Santa Engracia, de estilo mudéjar, fechado en 1575. La torre sube esbelta, con el cuerpo inferior cuadrado y octogonal el superior. El ladrillo da forma al airoso alero del edificio, con salientes escalonados en forma de sierra.

La torre campanario remata su hermosa planta con el consabido nido de cigüeñas, animado cada primavera La cigüeña madre permanece atenta en todo momento y lanza sus parloteos desde la altura máxima del pueblo, que apenas sobrepasará los doscientos metros, si tenemos en cuenta que a ras del suelo se cuentan 174 metros tan sólo sobre el nivel del mar.

Los edificios se ven cuidados, y hasta los más modernos armonizan con el resto del conjunto urbano. La perfecta pavimentación se embellece con zonas ajardinadas, para que el pueblo luzca alegre y luminoso siempre.

Osera de Ebro, portal de los Monegros, tiene ante sí un espléndido presente y un esperanzador futuro. Su situación geográfica es particularmente favorable. El tesón de los vecinos complementa este panorama optimista.